Hidalgo

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Es el primero y más antiguo grado de la nobleza. En los siglos XVI y XVII ser hidalgo representa poseer un estatuto jurídico privilegiado: no pagar el servicio al rey, estar exento de impuestos municipales y no estar obligado a dar alojamiento a los soldados de paso. El hidalgo, exento fiscalmente, se opone al pechero (plebeyo, contribuyente). Los hidalgos arruinados y famélicos de la literatura clásica tienen poco que ver con el hidalgo de sangre.
En sus orígenes, el término designa al que posee bienes. Es una condición económica. Destaca el hidalgo notorio o de sangre: es el noble por excelencia, cuya nobleza se remonta a la noche de los tiempos, y cuyo linaje y solar son conocidos de todos. El hidalgo de privilegio recibía su hidalguía del rey, en recompensa por los servicios prestados a la Corona. El hidalgo de ejecutoria tenía que probar su nobleza ante una de las dos cancillerías; este tipo de hidalguía estaba a menudo en litigio. Hay que añadir los hidalgos de bragueta que habían recibido una exención fiscal... ¡por haber tenido siete hijos varones!, y los doctores de las grandes universidades.
Más de un 10% de la población se consideraba hidalga. Los hijosdalgo, en su mayoría, se encontraban en la parte norte de España. Asturias y la Trasmiera (la actual Cantabria) reunían el 34,5% de los hidalgos. El 62,3% de los nobles se hallaban establecidos en las dos provincias fiscales de Burgos y León. En sentido contrario, se apreciaba una débil implantación nobiliaria en Andalucía y Extremadura (respectivamente, el 6,6% y el 3%). La nobleza era esencialmente urbana: el 40% de los hijosdalgo vivían en una ciudad, en el centro y en el sur de España. En cambio, en el norte cántabro y en el País Vasco los hidalgos, que eran las tres cuartas partes de la población, vivían en el medio rural, eran gentiles hombres campesinos o "hidalgos de abarcas".
 
Fuente: “Diccionario Histórico de la España del Siglo de Oro”, de Annie Molinié-Bertrand. Acento Editorial